Reciclándose en la cárcel

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Desde marzo la ex productora de moda Juanita Vial (41) asiste dos veces por semana al Centro Penitenciario Femenino a impartir un taller de reciclaje textil a las presas. Pero, lo que comenzó como una labor social, se ha convertido en la excusa para demostrarles a las reclusas y a sí misma que todo puede romperse, cambiar de forma y renacer.

Por Lorena Penjean / Fotografía: Sebastián Utreras

Paula 1135. Sábado 23 de noviembre de 2013.

El gendarme que custodia la entrada del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín le abre la puerta y la saluda por su nombre. Juanita Vial, cargada de bolsas, entra y entrega su celular en la primera parada. En la segunda, hace lo mismo con su carné y luego se queda quieta para que una máquina antimetales la examine. Los bolsos también son revisados.

Las rejas se abren. Las mujeres se asoman con sus pelos recién lavados, fumando, barriendo, moviéndose en una cárcel en la que hay cerca de 900 internas, la mayoría por delitos asociados al narcotráfico.

Juanita Vial avanza con naturalidad por la cárcel. Durante 20 años se dedicó a la producción de moda en revistas y catálogos del retail, oficio que abandonó el año pasado. Fue entonces -separada y viendo qué hacer con su vida- que una amiga le habló del trabajo de voluntariado en la cárcel, que se realiza a través de la Fundación Abriendo Puertas, y ella se entusiasmó con la idea de hacerles un taller de reciclaje textil; es decir, llevarles ropas que recolecta entre sus amigas para que las presas hagan cubrecamas, cojines, manteles, lámparas y cuadernos. “Así se les hace más fácil sobrellevar el encierro, pero, además, les puede servir para que profesionalicen lo aprendido, para que ganen plata con esto”, dice.

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Juanita se detiene en un kiosco del penal y compra galletas. Luego avanza por la sección de reincidentes con mediano o alto compromiso delictual, en la que busca llamando por sus nombres a las internas que participan de su taller. Entre barrotes pregunta qué pasa con la Ale, si se levantó la Luisa, por qué no está la Silvana. Luego, las cuenta: hoy asisten al taller 12 presas.

“Jamás les preguntaría por qué están acá. Qué me importa, quién soy yo para cometer esa imprudencia. Saber qué delito cometieron no cambia en nada mi intención de trabajar con ellas. Lo que realmente me motiva es que quiero que todos vean que estas mujeres no son monstruos de circo, sino mujeres que sienten y piensan, que trabajan y hacen cosas preciosas”, dice.

Juanita abre un estante y saca los materiales para comenzar un nuevo cubrecama. Las mujeres se organizan en torno a una mesa y se ponen a cortar y zurcir trozos de tela.

Tal es su empeño por ayudar a las reclusas, que ha involucrado a sus amistades: está gestionando que Javiera Díaz de Valdés les haga una clase de maquillaje y María Gracia Subercaseaux les tome fotos para un libro que planea hacer con ellas, proyecto para el que ya se contactó con el editor Matías Rivas. También consiguió que en el de stand de Hugo Grisanti en el Bazar Ed estén a la venta las creaciones que confecciona con las presas.

“El concepto de tijeretear todo produce desapego. Al principio me costó que entendieran que la ropa que les traigo es para cortarla y hacer algo nuevo con ella. Muchas amigas me han dado ropa y yo he vaciado el clóset de mi hija de tutús inservibles. Yo me deshice de mi parka North Face, del Levi’s 501. Y, lo mejor, también les traigo cosas que me pongo sólo por las ganas de que se vean más bonitas las cosas que aquí hacemos”, dice Juanita que después, fuera de la cárcel, les hace la postproducción a esas creaciones carcelarias para que queden “como una verdadera obra de arte”.
Bajo la atenta mirada de una teniente, algunas internas le pasan retazos de género en los que escribieron sus pensamientos con un plumón: “¿Qué pasó con el que te dijo que te amaba?”, “Extraño a mis hijos”, “Sueño con besar tu boca y me siento loca”, “Desde hoy he decidido olvidarte para siempre”. Con esos mensajes escritos sobre tela de cuadrillé rojo, Juanita quiere hacer lámparas o quizás forrar un cuaderno o armar un cojín.

“A las internas las respeto y las admiro. Yo me colgaría de una viga si hubiera pasado por lo que ellas han vivido. Admiro en ellas esa capacidad de lavarse el pelo con agua helada. De maquillarse, de llegar preciosas, de preocuparse de ser respetuosas durante los cursos, de teñirse el pelo, hacerse las manos y los pies. Les dan cancha, tiro y lado a cualquier mujer del barrio alto, disfrazada con un perfume hediondo y caro”, dice Juanita.

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“El concepto de tijeretear todo produce desapego. Al principio me costó que entendieran que la ropa que les traigo es para cortarla, para romperla y hacer algo nuevo con ella. He vaciado el clóset de mi hija de tutús inservibles; yo misma me deshice de mi parka North Face, del Levi’s 501, de la polera con gatos que ya no me pongo. Todo por las ganas de que se vean más bonitas las cosas que aquí hacemos”, dice Juanita.

Y sigue: “Muchos me preguntan qué hago acá y mi respuesta es que soy una desclasada. Estudié en el colegio Los Andes y a mis amigas no las dejaban ir a mi casa porque vivíamos en Providencia. Soy rara, no pertenezco a ningún lado. Pero en la cárcel me han aceptado sin cuestionamientos porque jamás he negado lo que soy o lo que tengo; los veraneos en Zapallar o los viajes a Nueva York. Entrar acá es un momento de sanidad absoluta porque afuera se queda la soberbia”.

A poco andar las internas se relajan y comentan los facebook de conocidas. Una canta. Un par fuma y en voz baja recuerdan la vez en que una interna mordió la mano de una gendarme para que no le quitaran su celular en un allanamiento.

“Esa fuerza que tienen estas mujeres yo no la conocía. A ellas las tendría en cualquier trabajo. Pero para eso se necesita una sociedad más generosa. Hoy, acogerlas sin una rehabilitación o un tratamiento, puede ser un arduo trabajo, y yo no me creo la Virgen de Villa Alemana. Tampoco tengo espíritu de voluntaria. Hasta ahora no he vendido nada de lo que han hecho, pero quiero hacerlo. Quiero que la gente tenga los cojones de vivir con algo hecho por ellas: una lámpara, una cenefa. No voy a regalarlos, los valientes que paguen lo que vale llevarse un pedazo de corazón de estas mujeres. Y con esto no espero que me tengan cariño, me basta con tenerles cariño a ellas”.

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Con plumones las presas escriben sus pensamientos sobre las telas que Juanita les lleva a la cárcel, como la que aparece en la foto.

Por Lorena Penjean / Fotografía: Sebastián Utreras

Paula 1135. Sábado 23 de noviembre de 2013.

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