Bam Bam

Se llama Myriam. Tiene una edad indefinible. Salió la semana pasada de una larga condena. No quiero dar dígitos que alimenten morbos.

Le dicen Bam Bam. Porque dejó su femineidad probablemente en su último delito. Como muchas. Se viste, se peina y camina como hombre. Pero tiene ojos que brillan como si su físico fuera solo eso, una coqueta criatura. De cerro, de bosque o de centro comercial. Más de cerro diría yo.

El Bam Bam me veía cargada y partía corriendo a ayudarme. Yo no dejo que me ayuden mucho porque a veces tampoco quiero ser tan mujer. Pero él me cargaba entera. Y digo él porque ser él o ella no importa nada. Menos dentro de una puta cárcel. image

Hoy llegué y la Gitana, su mujer, me tenía esta carta.

Yo no le puedo dar trabajo al Bam Bam porque no tengo. Y eso me parte el corazón como si fuera la camisa de Hulk abriéndose.

No puedo por la chucha. No puedo.

Blood brother

Mi amigo Marco Turu se fue a hacer un curso de Ayurveda a la India. Bueno, volvió pero lo sigue haciendo. Y viviendo. Como nadie que yo conozca al menos.

Yo no confío mucho en la medicina si no te entregas a ella en un 100%. Sea cual sea.

Me entrego a las manos de Marco porque hace unos masajes faciales ayurvédicos que me dejan de 26. Lo juro. Después se me pasa. También intento obedecerle en el resto y no lo hago. Marco no me pide que deje de tomar remedios. Porque es brillante.

Y me hizo ver esta película en Netflix que no tiene nada que ver conmigo, pero quiero proponerles que la vean.

Contarles que he vivido y sufrido bastante. Y que cuando Rocky Anna sana a ese niño a punta de agüita y amor, sentí que todo en la vida volvía a tener sentido con solo eso. image

Una vez tuve un pololo que cuando me encontraba triste, me abrazaba con amor y delicadeza la cabeza. La champa, el cráneo, ese sector. Me calmaba y me sanaba. Y siempre me hacía sospechar que si me protegía, podría seguir.

Gracias Marco, sobretodo por no tener facebook y porque no te vas a meter al blog de Manos Libres para putearme.