Río de piojos

Cuando era chica, o más ciega, o más inocente, no entendía mucho eso de que no se mentía pero había algo con la plata y el sexo que permitían pasar por alto la norma.

Entonces, si te cambiabas de casa, le decías a los que tenían menos plata que tú que la estarías pagando por setenta años, si viajabas a un hotel multiestrellas decías que alojarías en un albergue juvenil, si te ibas en business decías que te habían regalado el pasaje porque eras íntima de Cueto, si te comprabas una Louis Vuitton, bueno tenías pésimo gusto, pero además decías que era de China Town.

Con el “tal sexo”, así decía mi bisabuela, era lo mismo. Si te quedabas preñada eraManos Libres Art porque tenías un problema hormonal severo, digno del Guiness. Te habías acostado una vez, por equivocación más encima, y estabas preñada. Después algunas guaguas se perdían no porque se abortaban, sino que porque era típico, ¿?, perder el primer hijo, sobretodo si no estabas casada.

 

Bueno, yo acostumbro en la cárcel a dar un minucioso itinerario de mis viajes. Les cuento donde voy, con quién, qué vi y lo que hice, y, en general, solo les provoco bostezos.

Por eso es que espero que ustedes que están afuera envidien que estoy con lo que más quiero en el mundo, mi hija, en un hotel al que soñé venir toda mi vida, en Río de Janeiro.

Tenemos piojos eso sí. En el Duty Free no suelo comprar porque lo encuentro perno. Sí. Sospecho que la gente se fija en mí. Pero esta vez compré aceite de oliva donde se ahogan orgánicamente en estos momentos nuestros piojos. Mientras en la cárcel tienen el pelo precioso, bien cuidado y sin “inquilinos”.