Cama rada

Mi cama es mi camarada. Mi mejor compañera. No me gustan los chocolates y no me hacen mucho efecto los remedios, entonces siempre es ella a la que añoro.

Heredé de mi matrimonio un colchón ultra buen sostenedor y el más piola de los seres. Es un ser que guarda secretos. Pero heavys.

Durante muchos años uno se pasa la viimageda llorando frente al espejo. Lo peor es que por años uno lo encuentra novedoso. Se siente original. Te miras y te das pena. Sigues llorando porque tu vida es una mierda, crees, porque lo que realmente te hace llorar es la  evidencia palpable de que llorando te conviertes en un adefecio patético. No son los ojos, los chinos son aventajados de esos ojitos rasgados, es esa mueca de mierda de la boca tratando de agarrar el aire que no le entra para seguir rugiendo. Eso es feo de frentón y no da pena. Y, hablando de frente, las arrugas del entrecejo no favorecen a nadie. Y salen debido a la fuerza para seguir llorando.

En cambio mi camita no tiene espejos y con ella lloro hablando en un maduro lenguaje. Porque en el fondo ella no está para pintar monos. Lo de la cama es serio.

En la cárcel son mucho menos enfermas que yo. Por una razón muy simple, se levantan y su cama queda hechita y linda hasta la noche y no se retuercen ni le conversan en ningún idioma, y los espejos se usan para sacarse los bigotes.

Tengo mucho que aprender.