Los gatos bajo la lluvia

En la cárcel hay muchos perros y gatos. Al principio, como con los cuadernos, quise atesorarlos, apadrinarlos, esterilizarlos, alimentarlos, guardarlos y protegerlos a todos.

Viven en perfecta armonía, y nacen y mueren respetando el ciclo de la vida. Lo que no es muy novedoso por cierto.

imageYo tengo animales desde que nací. Creo que eso es casi lo único de que no me atrevo a quejarme de mi infancia. Mi mamá nos dejaba adoptar de todo, lo que nos hacía darlo por sentado y no ser concientes de la inmensa suerte que teníamos en ese momento. Entonces teníamos todo tipo de seres no domésticos que no pensaban en serlo. Las palomas nos pegaban piojos resistentes a meses de lindano porque dormíamos con ellas, las gallinas volaban del living del piso diez con la esperanza de encontrar tierra y correr de nuestro lado, etc.

Pero un día empecé a descubrir que esos seres tenían frío, hambre y malos ratos, según yo, lejos mío. Cuando lo que tenían era sin duda una mejor vida. Y no añoraban mi cercanía en ningún segundo.

En ese tiempo yo trabajaba en la Revista Paula, Santiago se inundó, se lo comió el mapocho, y cuento esto en honor a mi amiga Totó Romero, a quien quise mucho y le encantaba tanto esta historia, que está en la dedicatoria que me hizo de dos de sus libros.

Mis amigas fueron a aparear calcetines hediondos regalados para calentar a no sé quién por beatos sin alma. Yo compré un sueldo en mortadela y lo repartí entre animales en riesgo social. Lo agradecieron pero ni tanto. Estaba mojado y les dio rabia.

En la cárcel hice lo mismo al principio. Estúpida. Muy. Llevaba alimentos de alta sofisticación y los gatos no bajaban de los techos a comérselo y los perros con mejores sentimientos les dedicaban treinta segundos de olfateada.

He aprendido. Algo que no es más que experiencia. Sigo igual en el fondo.

Y les presento a mi gata Almendra.