Aki son todas raras

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El primer año que trabajé en la cárcel, quise hacer la misma pelotudez que una gran mayoría de los que ahí entra, hacerlas escribir su historia.

Me creí novedosa y liberadora, me sentía recién salida de un magister de arte terapia. Como se creen muchos insisto. Hasta hoy.

Hace unos pocos meses había carteles esparcidos por muchas paredes del C.P.F. que ofrecían $1.000.000 a la mejor historia de por qué estaban presas. Supongo que nadie se los ganó o se lo dieron a una historieta. Al menos las mujeres que yo conozco, que hoy me atrevería a decir que son casi todas, ni se tentaron.

En mi caso, me entregaron mis croqueras, que originalmente contenían cien hojas, con alrededor de cincuenta, repletas de pedazos de canciones de Arjona o algún tema de Romeo Santos que no era tan conocido todavía. Yo, confiada y estúpidamente orgullosa, les entregué sus $10.000 por un pichuleo bien hecho.

Ahora que las cosas han cambiado, me piden croqueras para desahogarse, porque sienten que les hace bien. Yo las cuelgo en distintas páginas en mi taller, chuecas como en la foto, para que nunca se me olvide que esto jamás será un libro, porque entre ellas y yo hemos creado una intimidad conjunta que jamás será traicionada.