Prefiero cantar

Días y días. Es una expresión estupidísima, porque los días son eso, cuatro letras.

El papá de un pololo que yo tenía cuando era muy joven, un día me dijo eso, cuatro letras. Mi amiga Francisca Olivares se ríe hasta hoy. Han pasado más de veinte años y todavía nos da risa.

Pero hoy pocas cosas me dan risa. Quizás es por la emoción de haber visto a tanta gente importante en mi vida. Darme cuenta de que todavía están aunque no les conteste el teléfono porque odio contar amarguras.

Cuando estaba en el colegio me hacían hacer una lista todos los jueves. Entrábamos a la iglesia y teníamos que confesarnos, para eso había un libro de mierda que te hacía preguntas intrusas, las contestabas con honestidad y te metías al confesionario. Ahí estaba un señor de vestido, porque eso es tener sotana, que te decía cuánto habías ofendido a Dios y cuánto había que rezar para ver si te perdonaba.

Parece que a mí no me perdonó nunca, porque hoy siento que el mismísimo diablo vive entre mi garganta y el comienzo del tórax. Si tuviera forma, le daríamos la de una cucaracha alimentada de Monsanto, criadita, monstruosamente grande.

Eso es lo único que tengo que contar hoy día.4