Rejas para mi cabeza

Cuando era más joven e inocente, quería vivir en la cárcel. Tengo una cabeza y un corazón que necesitan saber que cualquier pensamiento o sentimiento tienen un muro cercano. Creía que ahí adentro la vida tendría un cerco eléctrico que le pondría fin a cualquier desmadre interno.

Después, más interesada en conocer la realidad de la gente que ahí vivía, esimagecuchaba cosas tan absurdas como que no se podían bañar, que sus cuerpos eran sarcófagos de todo tipo de parásitos y que cuando, a las que parían adentro les quitaban a sus hijos, se reventaban la cabeza contra las murallas.

Nada de eso pasa. Acá la única que quiere chocar contra los muros soy yo.

La vida es más naturalmente sana de lo que se cree.

La mayoría de las mujeres que tiene a sus hijos estando privadas de libertad, los entrega a algun familiar cercano para que lo cuide. Ocurre que por normativa internacional los niños no están presos, entonces hace pocos años solo pueden estar un año junto a sus madres. Antes eran dos.

Las mujeres en general prefieren que los cuiden donde no hay rejas. Y muchos de esos niños nacen de relaciones entre padres privados ambos de libertad. Entonces en general es una abuela o tía materna la que los cuida.

Sin pena, porque la vida en eso es sabia. Veo llegar a esos seres maravillosos a visita y soy la unica a la que se le produce el inmediato nacimiento de un dragón de komodo en mi guata de angustia. Ellos se abrazan felices. Y saben algo que yo no. Que hay un orden. Un principio y un fin. Que las visitas se acaban por un lugar con plazas y teles que yo no tengo y que la prisión también se acaba. Si se tienen ganas y no te acostumbras.

En cambio yo vivo en cadena perpetua con esta cabeza que algún dios o involución de simio me dio.